Paloma Llaneza

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“Sáfate” en días

La cochambre legal de Estados Unidos es directamente proporcional al minutón que los grandes despachos le pegan a sus clientes. Frente a disoluciones de un día para otro de despachos centenarios como Heller Ehrman (a su web aún no se lo han notificado a pesar de que el mundo de los blogs jurídicos ya se ha llenado de posts al respecto), hay algunos que sobreviven a golpe de ayudar a la gente a “safarse” de su cónyuge.

Visto en El Pito doble

Carroñeros

Veo la noticia “Decenas de abogados ofrecen sus servicios a los familiares de los fallecidos en el accidente aéreo de Barajas” y me avergüenzo de pertenecer a este gremio.

Nadie después de haber perdido a toda su familia está en condiciones de elegir la mejor y más independiente defensa legal, sólo de llorar a sus muertos. Aunque precisamente es en este estado de aturdimiento cuando conviene engancharlos y prometerles venganza, sangre e indemnizaciones millonarias.

De pena.

Mundo IPREM

Por mucho o poco que uno trabaje en una bitácora (y hace tiempo que trabajo en esta tirando a bien poco) nunca está en posición de prever qué será lo que atraiga a las gentes a sus playas (me siento como Tom Hanks en Náufrago).

Parece ser que, en el caso de esta bitácora, no son las escasas entenderas y menor interés en lo que dice su autora, sino su capacidad de localizar cada año en la ley de presupuestos los valores del IPREM y cortarlos y pegarlos en un post. Cada año a principio de ejercicio nos escriben los del hosting para decirnos que o contratamos más capacidad o nos mandan al limbo de la web, allí donde los blogs abusones van a purgar sus pecados.

A todos aquellos que dejáis preguntas sobre este apasionante tema, os tengo que advertir que no tengo ni la más remota idea de como se aplica, se calcula, se pliega y se mutiplica. No es falta de educación el no contestaros, es vergüenza torera. Dejo vuestros comentarios por si un alma caritativa que sepa del tema quiere contestaros. Nada más. Aunque permitirme un consejo: en las cosas de los dineros y, en general en la vida, es preferible pagar por el consejo de un profesional; así, si se columpia, siempre le podréis exigir por un trabajo mal hecho.

Pero si preferís el riesgo, adelante. Y si alguien quiere prestar sus servicios de asesoramiento de manera gratuita, tiene un monton de consultas sobre el IPREM sin resolver. Al menos si no es pagado, a lo mejor es agradecido con un jamoncito.

Burnout

Volvemos de vacaciones y el que no sufre un síndrome es que es un soso. Uno puede elegir entre el post-vacacional, el de burnout, o el de agotamiento post-chiriguitero, dependiendo de la capacidad adquisitiva de cada cual.

Tan vacios están los periódicos de noticias y tan extendido el tema, que me escribe un cliente soltándome un marrón a la voz de “espero que no estés con la gilipuertez esa del síndrome post-vacacional”. A lo que, por supuesto, contesto que claro que no, que los abogados estamos hechos de granito castellano y que estas cosas no nos afectan.

Con la curiosidad picada por saber si me encuentro entre los grupos de riesgo, descubro que el nombre de burnout sydrome lo acuñó en 1976 la psicóloga social Christine Maslach por ser el que utilizaban de forma coloquial los abogados californianos para describir el proceso gradual de pérdida de responsabilidad profesional y desinterés cínico entre sus colegas (¿de qué me sonará esto?).

Me entero en el curso de este trabajo de investigación googleliano que, según Francisco Alonso-Fernández, catedrático de Psiquiatría de la Universidad Complutense de Madrid, el trabajo en la Edad Media era algo deleznable, que “todos hacían lo imposible por eludir”, lo que vino a jorobarse con la Reforma protestante del siglo XVI a partir de la cual en algunos países pasó a ser algo honroso.

Y digo algunos porque, según Alonso-Fernández, uno de los países que siguió oponiendo más resistencia a la introducción del trabajo en la cultura occidental fue España, que en el siglo XVII “ocupaba una posición privilegiada para desarrollarse como país sin necesidad de universalizar esta práctica”.

Creo que el Profesor Alonso-Fernández se queda corto en la cronología. Aquí la gente no está quemada por trabajar sino por no poder continuar la larga tradición del Lazarillo que tan bien ha representado el sector inmobiliario los últimos años: la tradición de trabajar lo justo para ir andando.

El Google que todo lo ve

Si planeas cometer una locura, no busques información sobre cómo hacerlo desde el ordenador de tu casa: la policía luego descubrirá que has preguntado a Google cosas tan sencillitas como “venenos que maten sin dejar rastro” o “cómo conseguir una pistola sin que nadie sospeche de que quiero matar al perro del vecino”; y a ver cómo explicas después que tú no tienes nada que ver con la muerte del chucho. Como muestra un botón: Melanie McGuire se cargó a su marido, lo desmembró y lo guardó en tres maletas. La descubrieron por sus búsquedas en el omnipresente Google.

Este “sucedido” no es reciente pero sí lo es la vuelta de las vacaciones de verano, uno de los períodos en los que más divorcios se producen en este país, seguido muy de cerca por las encantadoras fiestas familiares de Navidad. Así que, si a alguien se le están pasando ideas raras por la cabeza, que se contenga. Si no es por el mandamiento de “no matarás” al menos que sea por Google.

Perry Mason

Un recuerdo de la niñez que no recuperé hasta terminar la carrera me situaba en el despacho de mi abuelo los domingos por la tarde jugando a los juicios. Recuerdo que el código, la ley, la biblia para jurar, el centro de la sabiduría judicial lo constituía un ejemplar del Diccionario Cuyás, una de las pocas cosas que conservo de él aún hoy.

Y todo por ver Perry Mason. De ahí supongo que me habrá quedado la afición a las películas y series de abogados.

Pero una cosa es el entretenimiento y otra que esto de la toga en España se parezca en algo a Boston Legal, Justice o Shark. Ni las conversaciones de pasillo son tan ingeniosas, ni se dedican todos los recursos de un despacho a llevar un solo caso, ni -dicho sea de paso- te llevas el 50% de una indemnización por daño moral de 100 millones de dólares. Me veo en la obligación de advertíroslo a aquellos que ahora andéis jugando a los juicios, a golpe de Wii -no os veo con el Cuyás, la verdad-.

El que venga que lo haga sabiendo a que se expone.

La concesión del teléfono

A mí me enseñaron en el colegio que leer era sufrir. No sé si por pertenecer a una cultura de tirarnos a la calle o por ser una inculta, la verdad es que los clásicos de lectura obligatoria hicieron que tuviera aborrecimiento por una actividad que, con el paso de muchos años, se ha revelado como una de mis favoritas.

Descubrí que, como todo deporte, la lectura requiere fondo y ese fondo se gana poco a poco. Como los libros pseudohistóricos que ahora se llevan tanto no me gustan gran cosa, para recuperarme de las pruebas lectoras más duras, me he dado a la novela negra. Y de entre sus grandes autores me he enganchado a Andrea Camilleri, a su personaje, el comisario Montalbano, y a sus narraciones de la Sicilia profunda que se parece tanto a como nosotros éramos hace nada.

Una de las obras de Camilleri sin Montalbano es La concesión del teléfono, un divertido libro repartido entre la correspondencia que se mandan y las conversaciones que mantienen los personajes de la novela en la Italia de finales del XIX a cuenta de una petición para instalar una línea telefónica. Las cartas y comunicaciones están llenas de ese lenguaje administrativo y judicial tan pomposo y redicho, que, sorprendentemente, seguimos usando los abogados sin que se nos caíga la cara de vergüenza.

Los detalles de la instalación de la línea nos recuerdan que hace 100 años no sólo no había internet, sino que no había ni interconexión: la línea se instalaba físicamente entre dos terminales que sólo podían comunicar la una con la otra. Los detalles técnicos y las complicaciones para obtener los permisos para poner los postes eran más complicados que la obra de El Escorial.

Y todo esto en medio de una Italia llena de revueltas, de Prefectos pirados que le dan a la Cábala, de Carabineros enfrentados a la Policía, y de mafiosos al estilo Corleone que lo mangonean todo con enorme habilidad y medias palabras. En fin, que el protagonista monta un fregado importante para instalar la línea “punto a punto” ¿Para qué? ¡A leer el libro!

Me pido un periódico

Mucho se ha criticado desde los medios serios a los blogs y a los bloggers que utilizan éstos como vehículo de sus berrinches personales. Por eso llama tanto la atención que el Sr. Cebrián, consejero delegado de PRISA, se quite sus frustraciones contra la decisión que le ha dictado el Juzgado de Intrucción número 40 de Madrid mediante un extensísimo artículo de opinión en El País de hoy, titulado “La poca vergüenza“.

El auto de la discordia es el archivo de la querella presentada por Cebrián contra Jiménez Losantos por las “lindezas” que éste le dedicó en su programa de radio. Cebrián tiene el cabreo propio de cualquiera de nuestros clientes cuando le dictan una resolución desfavorable pero tiene la ventaja de poder expresarlo en un medio de comunicación poderoso, el “suyo”.

No deja títere con cabeza. Al juez de la Hoz le dedica las lindezas por las que él se querelló contra Losantos. Teniendo en cuenta que no está de acuerdo con la resolución, ya recurrida por “sus” abogados, no sabemos si quiere que la Audiencia la ratifique, y así que las lindezas que le dedica al Juez le salgan gratis, o que lo revoquen, y que tanto Losantos como él paguen por su “verbo fluido”. A la Casa Real la deja con el culo al aire, al informarnos de que el secuestro de “El Jueves” partió de allí, mientras arrea a Anasagasti y hace variaciones con repetición del apellido del Juez.

Todo muy humano. Todo muy parecido a lo que les escuchamos a nuestros clientes bramar en la intimidad de nuestros despachos. Esperemos que la ley sea igual para todos, como reclama Cebrián, y la resolución de la Audiencia sólo se vea influida por las alegaciones realizadas en el proceso. Si no, me pido una sección en su periódico de uso público para los abogados y demás justiciables donde poder contar nuestras desgracias. Nuestros clientes se lo agradecerán.

Visto para sentencia

Se acabó el juicio del 11-M. En los informativos se agolpan las cifras de testigos, peritos, días y horas empleadas en esta megavista en la que hemos tenido de todo. Sería injusto a estas alturas no resaltar la lealtad de las partes y la dirección del tribunal que ha conseguido que el juicio no se retrasara un día más de lo previsto.

No he podido seguir los últimos días de juicio aunque gracias a Datadiar lo tengo enlatado para irme poniendo al día poco a poco.  Así escucho al tresbolillo los alegatos de las defensas en el juicio del 11-M y me encuentro con una Letrada que afirma que no se ha demostrado que su cliente sea culpable más allá de una duda razonable. ¡Y me entra una congoja! ¿A qué no me he vuelto de Estados Unidos y estoy en España en forma incorpórea?

Porque… ¿dónde aparece en nuestro sistema lo de la duda razonable? En mis tiempos se decía lo de “prueba de cargo suficiente para desvirtuar la presunción de inocencia” pero a lo mejor en mi ausencia la cosa ha cambiado y me tengo que poner al día antes de desgraciar a un cliente.

Entre los que se agarran a la quinta enmienda, por voluntad propia o animados por sus abogados y los que trazan la línea de la duda razonable y colocan a su cliente al otro lado, estoy empezando a creer que Denny Crane de Boston Legal se ha trasladado a ejercer aquí. Ya que todo el mundo se viene arriba, a lo mejor me animo y me llevo al próximo juicio a un pastor-protestante-negro que monte el pitote en nombre de los hermanos afroamericanos para que absuelvan a mi cliente en sentencia instantánea.

Pero si algo me ha sorprendido es la intervención del compañero del metal que, no contento con que absuelvan a su incombustible Rafà, quiere, además, que le otorguen la Orden de Isabel la Católica, imagino que para “premiar su lealtad acrisolada a España y sus méritos en bien de la Nación por los servicios excepcionales prestados en favor de la prosperidad de los territorios americanos y ultramarinos”. Éste, en su turno de última palabra, promete al tribunal, mientras le tutea, que no va a montar el show. Todos le miran con cara de “no te lo crees ni tú” y asisten resignados a su última representación. 

Plea bargain

Cenando en San Francisco con una amigo y hablando de la justicia española me cuenta el drama de los “plea bargains” estadounidenses, o el acuerdo al que el Fiscal llega con el acusado para evitar el juicio. Parece ser que, en contra de lo que cuentan las películas, la situación es escandalosa.

En un sistema en el que la figura central es el derecho a un juicio, un 95% de las condenas se consiguen mediante este acuerdo. Acuerdo que resulta extremadamente complicado revocar. Aunque legalmente están previstas varias vías de revocación, en realidad éstas se convierten en un via crucis de éxito más que relativo. Por lo pronto se necesita un abogado motivado que, si se hubiera tenido al incio, no se habría aceptado el acuerdo. Hay varias asociaciones que ayudan en la tarea y que están sacando a la luz el enorme problema que esta institución supone: los innocence projects, la National Legal Aid & Defender Association y la National Association of Criminal Defense Lawyers. Y que no se me malinterprete, pero buena culpa de que esto existe la tiene la exigencia de un jurado y el coste de tiempo y dinero que su constitución representa. Sin esta exigencia, los fiscales se verían menos presionados a alcanzar acuerdos.

Si estáis interesados en esta figura, hay un documental  muy revelador.

Con un sistema tan precario, sorprende que se permitan penas capitales.

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