fuegoRelato premiado en el I Concurso de Relatos del Bistró de La Central. El jurado estuvo formado por los siguientes miembros:
D. Jose María Merino
D. Ismael Grasa
Dª. Mercedes Cebrián
Dª. Marta Ramoneda
D. Martín López Vega

“Su abuelo sorbía la sopa con parsimonia. No faltaba nunca en la mesa una botella de vino tinto de tapón de plástico y otra de Calcio 20. “El vino contiene taninos y alarga la vida” comentaba siempre mientras se servía un vaso raso.
La nieta miraba su plato hondo de cristal verde donde se había echado aceite y vinagre. Se dirigió al abuelo para que le añadiese una pizca de sal. Le encantaba el ceremonial de la pizca de sal. “Cuando trabajaba para el Sr. Nonas – comenzó el abuelo dirigiendo la punta de su cuchillo al salero abierto- aprendí a medir cantidades infinitesimales de los más variados productos químicos. Era una labor peligrosa, porque muchos eran altamente inflamables y habríamos podido morir abrasados. A pesar de ello, éramos jóvenes y a veces lo hacíamos a ojo, poco a poco, en pequeñas cantidades, con una espátula”. Mientras hablaba, cogió una pizca de sal con la punta del cuchillo y la vertió en el plato de Duralex de la nieta con golpecitos leves pero precisos. “¿Está bien así, hija?” “Sí abuelo, gracias”, contestó la nieta mientras revolvía el plato con un tenedor antes de hacer barcos con un currusco de pan. La abuela la miraba con pena pensando que esa no era una cena decente para un niño en edad de crecer. Pero era mejor que nada.  La nieta terminó su plato y pidió permiso para levantarse. “¿No vas a tomar postre?” preguntó la abuela “no gracias, abuela, tengo deberes en el despacho del abuelo” “Pero si son casi las 9 y media” “Es que tengo que hace un trabajo de dinosaurios y necesito las tijeras y el pegamento” “Déjala levantarse –intervino el abuelo- la educación es lo más importante”.

La niña saltó de la silla y se escabulló por el comedor donde la abuela guardaba el alcohol de romero y los algodones. “Lo que no se cura con unas friegas de alcohol de romero se sana con un buen rollo de esparadrapo”, repetía su abuela como una oración.  Buscó la llave que cerraba una alacena oscura de patas torneadas con unos relieves de dragones que le daban mucho miedo. Sacó el alcohol y unas gasas. Casi no podía respirar. No podían pillarla. Escrutaba los ruidos del cuarto de estar mientras colocaba la llave en su sitio, ya repondría por la noche el alcohol cuando todos estuvieran dormidos, pensó.

Cargándose de valor atravesó el oscuro pasillo que separaba el salón del cuarto del teléfono. La cocina quedaba al lado, enfrente del despacho del abuelo. La nieta siempre temía que los monstruos que habitaban en las habitaciones que daban al pasillo la arrastraran a su oscuridad y no se supiera más de ella. Dando zancadas rápidas llegó a la cocina. Sacó de una esquina de la fresquera una caja de cerillas que se había comprado con lo que le habían dado para cromos. Era una caja amarilla, de cerillas largas de chimenea, que hacían un elegante “raaassss” al frotarlas por el lateral. Había leído mucho sobre cerillas, de su cabeza roja de sulfuro de antimonio, clorato de potasio y azufre, y también de la lija lateral de fósforo rojo, vidrio molido y aglutinante. La urgencia por encenderla le recorría todo el cuerpo. No podía esperar más. Enseguida acabarían de cenar y no podría hacerlo. Cogió un cenicero metálico de Cinzano que tenía escondido en el mismo sitio que las cerillas y puso las gasas y el alcohol encima. Sacó una cerilla y “raaassss” la encendió. Inhaló por un momento infinito el olor a pólvora quemada y la lanzó contra el cenicero creando una enorme llamarada. No se inmutó. Miró el fuego en estado de trance. La llama era azul primero y en seguida azul y naranja. Sentía el calor en la cara, el olor del alcohol que se quemaba. La llama era un ser vivo y la llamaba. Echaría el contenido entero de la cocina, de toda la casa con tal de darle de comer. Sintió un escalofrío entre las piernas y notó como la orina le bajaba por los muslos.”