Archive for Marzo, 2010
Privacy for sale
Vía :: Abonauta
Abogados bajo sospecha
Así titula Javier Pradera su opinión en El País de hoy en donde explica de manera clara y precisa por qué las escuchas a abogados supone un atentado al derecho de defensa y, en definitiva, a unos cuantos artículos de la Constitución, entre ellos, y para que no me tilden de corporativista, el del “reo” a no declarar contra sí mismo. Así comienza su artículo:
La invalidación de las escuchas de las comunicaciones carcelarias entre tres imputados del caso Gürtel y sus abogados no afecta sólo al futuro de un sumario de corrupción política que contamina al PP y de una querella por prevaricación contra Garzón. También interesa a las garantías constitucionales de todos los ciudadanos investigados por la justicia, con independencia del buen o mal fundamento de las acusaciones y de la naturaleza del presunto delito. Las simpatías o antipatías hacia el PP o hacia Garzón no deberían contar a la hora de pronunciarse sobre el asunto.
Conviene leerlo entero y agradecer a El País que, aunque a toro pasado y en un artículo de opinión, le conceda algo de espacio (ni mucho menos el mismo que a la transcripción de las grabaciones nulas, por cierto) a la reflexión jurídica sosegada.
Las escuchas
LLevada tanto por la indignación como por las ganas de dejar de ver la foto del chocolate con churros cada vez que abro esta página, enciendo el ordenata en un vuelo espachurrado de camino ¡de nuevo! a Barcelona y me pongo a escribir para despotricar contra El País.
Soy lectora desde que tengo memoria y me tratan muy bien, a que negarlo, en esa casa, pero en el tema de las escuchas del caso Gurtel y en las querellas a su bien amado juez Garzón, tenemos posturas más que encontradas.
Vaya por delante que me he pasado la última década viendo como el mérito, la capacidad y el esfuerzo eran una antigualla y como los más sinvergüenzas e iletrados se convertían en los referentes sociales. He visto horteras de todos los sectores y colores enriquecerse y comprarse en Hermés, para adornar su cuerpo de botijo, desde los calzoncillos hasta los llaveros. He visto como había que gastarse 3000 euros en tener un bolso que se pasaba de moda a los tres meses y, lo peor, he visto que este tipo de cosas se consideraban no sólo una conducta aceptable sino un fin tan santo que cualquier camino para su obtención se convertía, a su vez, en digno y aprobable. He visto como el resto de la sociedad española imitaba estas horteradas, se gastaban los ahorros de los jubilados de Florida y dejaban de estudiar porque la educación y los buenos modales, a la vista estaba, no daban ni dinero ni prestigio. La frase más repetida de estos años ha sido “yo voy a disfrutar de la vida, no como mis padres”, esos padres de los que ahora, por cierto, viven.
Me siento, pues como el replicante extinto de Blade Runner “He visto cosas….”
Queda claro que ni me caen bien los sinvergüenzas ni las administraciones, de todo signo, que se han dedicado y se dedican a abusar de su poder. Sin embargo, y a pesar de que en estos años de bonanza nos hemos cargado prácticamente todo lo que tiene valor (que no precio), cuando le filtraron a El País el sumario de los gurtelianos y leí las grabaciones de las conversaciones entre los imputados y sus defensas en los locutorios de los centros penitenciarios me indigné. Como me he indignado esta mañana con el artículo de El País que en lugar de cerrar filas con el Estado de Derecho, cierra filas con su línea editorial, y, por si finalmente el TSJ de Madrid anula las conversaciones, las reproducen de nuevo para su debida constancia.
Teniendo en cuenta que el juez Garzón, quien acordó las escuchas, tiene el record de nulidades por incorrecta tramitación, alegar que las escuchas son legales porque hay orden judicial es un sarcasmo. El auto de ratificación de estas escuchas realizado por el juez Pedreira, aparte de ser un corto y pego lamentable, es una acto de corporativismo que, esperemos, acabe con la decisión del TSJ de Madrid.
Porque, aunque a Chiqui le ofenda que por un “formalismo” vayan a la calle unos “presuntos”, a mi lo que me ofende es que se llame formalismo a una regla de oro que fundamenta nuestro sistema de defensa: el secreto de las comunicaciones entre abogado y cliente. Si el cliente está en prisión y se ponen grabadoras en los locutorios, único sitio donde se pueden encontrar para discutir su defensa, que me diga alguien como se asegura ese derecho.
No es la primera vez que tengo que escuchar que diseñar una defensa es tanto como convertirse en ese ser despreciable que todo abogado es y que nos lo tenemos bien merecido, abogados y clientes. Eso pasa hasta que el que opina pasa a ser cliente y la policía, la administración o los jueces le pasan por encima. Entonces la cosa cambia radicalmente.
Si un cliente no puede hablar libremente con el abogado que ostenta su defensa por miedo a que un juez iluminado, que confunde administrar justicia con ser Batman, le escuche ¡apaga y vámonos!