Con AENA hemos topado

29Aug2007 Archivado en Estrambocidades, Personal

Estamos todos bastante hartos de descalzarnos en los aeropuertos y de tener que desmontarnos nosotros mismos y nuestro equipaje en infinitos módulos. Que si el abrigo, que si el portátil, que si el neceser transparente, que si la chaqueta, que si quítese las alpargatas que la cuña es potencialmente explosiva.

Más de uno juramenta en hebreo e incluso, como en mi caso, se agarra una tajada de vodka antes de donárselo al segurata del aeropuerto.

Parece que estas normas, absurdas por muchos motivos -mientras me intervenían la botella de vodka llevaba olvidada en el bolso una botella de agua de medio litro que pasó desapercibida-, no se las perdonan ni a los peregrinos portadores de agua bendita. Éste fue el caso de los viajeros pontificales del primer vuelo charter a Lourdes de la Obra Romana de Peregrinajes (agencia de viajes del Vaticano) a los que se les obligó a entregar cualquier recipiente con agua bendita del santuario de capacidad superior a 100 mililitros.

Unos pasajeros optaron por beberse el agua bendita y otros andan contritos pensando si los del aeropuerto de Tarbes van a tener el cuajo de tirarla.

Ninguno queremos morir estallados en un avión, pero ya son muchas las normas que, desde el 11-S, se ponen del lado del orden orweliano en la clásica tensión entre legislar a favor de la seguridad limitando los derechos y libertades.

Les veo vendiendo el agua bendita en el Duty Free.

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