Leyendo en los medios de comunicación el enfrentamiento entre la Fundación Antonio Saura y las herederas del artista sobre su última voluntad expresada en un documento escrito a máquina, me ha parecido que la cuestión discutida en el Supremo es el cumplimiento de los requisitos del testamento ológrafo. Y digo me parece, porque no he podido encontrar la sentencia para ser más precisa.
Hay mucho mundo en el Código Civil y muchas figuras e instituciones de origen latino que nos aprendimos a pistón y que algunos nunca hemos usado. Una que siempre me llamó la atención por su simplicidad y por su intimidad es la del testamento ológrafo que permite testar sin salir de casa. Eso sí con unos requisitos legales: que sea manuscrito, fechado y firmado por el testador, y que contenga de manera clara su voluntad.
Todavía me acuerdo, por ser un clásico de ayer y hoy, el ejemplo de testamento-carta de Pacicos de mi vida. El Supremo el 8 de junio de 1918 (vamos, hace nada) consideró que era un testamento la carta que Doña Matilde mandaba a un tal Pacicos y que rezaba así:
“Peñafiel a 24 de Octubre de 1915. Pacicos de mi vida: en esta mi primera carta de novios va mi testamento, todo para ti, todo, para que me quieras siempre y no dudes del cariño de tu Matilde”.
Así que los que aún escribís a mano, cuidado con lo que ponéis por escrito.
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